Lancha de la muerte
Panamá
13.03.2012
Cuando decidí recorrer Latinoamérica por tierra y llegar desde mi casa (Mendoza, Argentina) hasta Mexico como mochilero, imaginaba que tomándome un bus a Chile, luego de Chile a Peru, luego a Ecuador, etc. llegaría a Mexico y no me preocupé mucho por planificar la ruta, lo mio siempre fue mas a la "aventura". Si surgía algo lo iba a ir resolviendo en el camino. pero a medida que iba subiendo por diferentes países, otros viajeros me empezaron a nombrar este cruce y empece a investigar porque era algo con lo que tenia que lidiar mas adelante.
El Tapón de Darién, esa zona que separa Colombia con Panamá, los mochileros que conocí me hablaron de la selva, y que no hay ruta porque es propiedad de los narcos, ellos no dejan que los gobiernos entren ahi, es muy peligrosa, por lo que tenia que buscar otras opciones para llegar a Panama y seguir subiendo. Las opciones eran pocas: un vuelo directo a Panamá City desde Medellin, (que estaba como a 400USD por lo que estaba fuera de mi presupuesto), subirme a un crucero y trabajar limpiando, lo cual descarte también porque conoci a un chico que habia estado intentando conseguir que algunos de estos cruceros lo lleve y tuvo que dormir varios dias en el puerto y al final no lo logro, y la ultima opción era la que llamaban “la lancha de la muerte”. es un recorrido de 4 horas desde una ciudad llamada Turbo en Colombia hasta Capurgana, tambien Colombia, pero esta es la ultima ciudad al norte, frontera con Panama. Ahi hay que sellar el pasaporte y luego hay que subirse a otra pequeña balsa unos 40 minutos mas por la costa hasta llegar a Puerto Obadia , donde te sellan la entrada a panama. Es un pueblo muy pequeño que tiene pocas casas y la gente se mueve en bicicleta. El único medio de acceso es por lancha o por avioneta, al estar en el medio de la selva del tapón de Darien, esta muy incomunicado y tienen una calle asfaltada que sirve como aeropuerto donde los miércoles y domingos hay un vuelo a Panama City por 100 dólares.
Pero volvamos al principio, llegué a Turbo desde Medellin en autobus en después de un viaje muy cansador. El chofer me dijo que iba a ser mejor si me quedaba durmiendo un rato arriba del bus porque en esa zona a esa hora era muy peligroso. Las lanchas salen bien temprano, por lo que me dormi un rato y a las 6 am estaba en el puerto sacando el ticket. me acuerdo que fueron 4000 pesos colombianos y era el ultimo disponible. Me acuerdo tambien que habian gritos y la gente se estaba peleando con los capitanes de las lanchas, pero con el entusiasmo del viaje lo preste mucha atencion. Tambien me sugirieron comprar una bolsa de consorcio (bolsa de basura negra grande) para meter mi mochila porque era posible que se salpique, asi que fui a comprar ahi cerca y le puse una a mi mochila grande y otra a la de mano donde llevaba la cámara y los documentos.
Dejé mi mochila grande en la proa, y era la ultima por lo que quedaba arriba de todas. La lancha era muy simple, con espacio para unas 40 personas sentadas en tablas de madera sin acolchado (lo que hacia que cuando la lancha rompia olas, fueras rebotando todo el camino en la tabla dura).
En la lancha, éramos unos 10 turistas, el resto era gente local que vivía en Pto. Obadia y seguían discutiendo con el capitan porque esta prohibido navegar despues del mediodia porque sube la marea y ya eran como las 10 de la mañana . una vez que salió , como a los 500m paro en un costado y se subieron 4 personas mas, y de ahi arranco hacia mar abierto. Al principio el viaje fue bastante normal. Al lado mio iban 4 chicas cordobesas que querian quedarse unos dias en Capurganá.
Todo cambió cuando llegamos al mar abierto. Las olas comenzaron a hacerse más grandes, y el capitán aceleró para enfrentarlas. La lancha saltaba de un lado a otro, y con cada golpe contra el agua, sentías el impacto en todo el cuerpo. Al principio, algunos intentamos hacer bromas, pero después nadie decía nada. Yo solo me agarraba fuerte a mi mochila pequeña, que tenía entre las piernas, porque ahí llevaba mis documentos y mi cámara. No podía soltarla.
El problema llegó cuando uno de los motores dejó de funcionar. El capitán trató de seguir con el motor que quedaba, pero ya no teníamos la fuerza suficiente para atravesar las olas. El agua empezó a entrar en la lancha y los pasajeros comenzaron a gritar y a exigir respuestas. María, con un tono firme, le pidió al capitán que se dirigiera a un islote que veíamos a lo lejos. “O nos llevas ahí o llamo a la guardia costera”, le dijo. No le quedó otra.
Cuando por fin llegamos a la isla, bajamos todos. El lugar era hermoso, pero no teníamos tiempo para apreciarlo. Estábamos mojados, cansados y sin saber qué iba a pasar. Un colombiano logró llamar a la policía con el poco señal que había, y nos dijeron que enviarían ayuda, aunque no sabían cuánto tardarían. Mientras tanto, nos quedamos ahí, viendo el mar agitado y esperando. Una mujer llamada María, que tenía un hostal en Capurganá, se presentó con todos y hasta ofreció descuentos para su alojamiento. Entre risas, nos advirtió que era peligroso salir tarde porque al mediodía la marea subía y todo se complicaba.
Unas horas después, llegaron tres lanchas de la guardia costera. Nos pidieron los documentos, y ahí se dieron cuenta de que algunos de los pasajeros eran indocumentados intentando cruzar ilegalmente a Panamá. Esposaron a esos hombres y al capitán de nuestra lancha. El resto fuimos llevados de vuelta a Turbo. El viaje de regreso fue mucho más tranquilo: aunque íbamos parados, estas lanchas eran más rápidas y estaban mejor equipadas.
Al llegar al puerto, fuimos a reclamar a la oficina de la empresa. Nos pidieron disculpas y prometieron darnos su mejor lancha al día siguiente. Esa noche, compartimos un hostel entre varios pasajeros y tratamos de secar nuestras cosas. Mi cámara se salvó, pero uno de mis lentes quedó arruinado por el agua. Me quedé pensando en todo lo que pasó ese martes 13 y si realmente la fecha tenía algo que ver. No soy supersticioso, pero después de ese día, no lo tengo tan claro.